Una tarde en el martinete de cobre de Navafría

Actualización marzo 2012. Si te interesa el patrimonio industrial segoviano http://patrimonioindustrialensegovia.blogspot.com.es/

También es bueno esto de que, en los últimos tiempos, toda la gente chapada a la antigua que nos amargó la juventud por su conservadurismo teórico, hayan abrazado la causa del “Progreso”, que consiste en afear y aun emporcar el país sistemáticamente, para ganar unos cuartos..
Esto hace que un amigo mío, hombre de fe, navarro y jesuita por más señas, haga una sutil distinción entre “conservadores” y “conservaduros”. Y el”conservadurismo” está a la orden del día, de suerte que no deja títere con cabez en materia de Arte, paisaje, naturaleza, etc. ¡Cómo va a conservar esta tendencia triunfante pobres artefactos viejos e inútiles, si destrozas ermitas, palacios o barrios enteros de belleza y lujo!
Julio Caro Baroja

Hasta el siglo XIX los ríos fueron muy ingeniosos. Movían batanes de mantas y paños, molinos de harina, de chocolate o de papel, fábricas de azúcar, cecas para la acuñación de monedas, sierras de madera y, como no, martinetes para trabajar los metales. Todos estos ingenios se ponían en funcionamiento a partir de una rueda grande movida por una corriente de agua; estas ruedas, podían ser horizontales o verticales, en cuyo caso el eje se adentra en el edificio poniendo en marcha, a través de diversos mecanismos y engranajes, el artilugio en cuestión.

Esta rueda con un diámetro de tres metros, introduce su eje en el edificio. Para facilitar el rodaje, a modo de lubricación, hasta un cojinete llega una canaleta de madera con un chorrillo de agua que cae de forma permanente


De ahí que hoy los ríos parezcan más perezosos.
El antecedente del martinete y de otros ingenios hidráulicos complejos parece que se encuentra en el batán.

El paso de las ferrerías masuqueras- en los que fuerza que acciona el mazo de forja y los fuelles que soplan el horno es tan sólo la de los hombres- a la que utiliza fuerza motriz hidráulica parece generalizarse en la Península a lo largo del siglo XIV. Ignacio González Tascón

En el siglo XVI aparecen los sistema hidráulicos que sirven para insuflar aire a la fragua, ingenios tan decisivos y redentores de mano de obra como el propio mazo. Entre estos la trompa de soplar, una ingeniosa variante de los barquines, tributaria del efecto Venturi.

Por todo esto, podemos afirmar que el martinete de Navafría es hijo directo de los martinetes del siglo XVI.
El eje, constituido por el tronco robusto de un pino, alcanza un diámetro de 70 cm. y una longitud de 7 metros, tiene en la parte de la rueda sección octogonal que pasar a circular en el extremo contrario con una sección intermedia de 16 lados. En el extremo opuesto a la rueda hay incrustadas cinco levas o pujones, que al moverse todo el conjunto, golpearán al extremo del mango del martillo trasformando el movimiento circular de la rueda en un movimiento alternativo “arriba y caída” del mazo.

El mazo, al igual que un martillo normal, esta compuesto por la cabeza de hierro, que tiene un peso de unos doscientos kilogramos y el mango hecho con un tronco de pino de casi cinco metros de longitud y menor sección que el eje.

El mango tiene en el extremo opuesto al mazo un rebaje plano definido por un plano oblicuo y reforzado por una chapa para asegurar la zona de golpe de las levas. El eje de giro del martillo se encuentra a 3/4 de la longitud del mango desde la cabeza del martillo y está definido por la boga, que es una pieza de hierro que abraza al mango y hace de cojinete para el giro. El mazo golpea sobre la yunque, que es una pieza de hierro introducida en la marra, también de hierro y de forma cilíndrica que esta empotrada en la piedra del suelo.

Al golpear las levas sobre el extremo del mango, el martillo se pone en movimiento; cada vuelta de rueda da cinco golpes, uno por cada leva, de modo que, como quiera que a una velocidad media, la rueda tarda dos segundos en dar la vuelta, cada minuto el macho golpea 150 veces.

Las ilustraciones son de J.Soler

“Más allá del innegable interés etnográfico, el martinete es un lugar fascinante en donde flotan resonancias antiguas, preñadas por el misterio y la belleza.
Resulta difícil sobreponerse al embrujo del agua acelerando el vértigo de la rueda. He visto a muchas personas mayores atrapadas como niños por ese movimiento.
Además, en ocasiones, ocurre el milagro: al caer el chorro de agua sobre los travesaños de la rueda, se produce una atmósfera de gotas flotantes sobre las que, como un ave multicolor, se despereza un arco iris minúsculo.
El interior nos traslada también a un mundo sorprendente. No están nuestros ojos acostumbrados a ver estos ingenios mastodónticos que tienen, en efecto, más que reminiscencias medievales, paleolíticas.
Cuando la fuerza del agua lo pone en movimiento y la fragua proyecta destellos que iluminan el interior penumbroso, el corazón de la estancia late con la fuerza de una manada de caballos salvajes, y su latido convoca reminiscencias de un mundo vernáculo e inefable”.
Ignacio Sanz

Foto de Fernando Mañueco Ordóñez

Página oficial aquí
“El martinete de Navafría” de Ignacio Sanz. Segovia Sur
– MARTINETE DE LA FUNDICIÓN DE COBRE DE NAVAFRÍA-

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