El fin del mundo


Un día 16 de diciembre de hace 21 años, recuerdo ir a buscar a mi padre. Hacía un frío que pelaba, a pesar de ello, él se empeñaba en ir al huerto a remover la tierra con una mula mecánica. Era su pasión, y la nuestra; comer en casa los productos que esa huerta nos proporcionaba, es de las cosas que no tienen valor posible de medición. Cuando llegué… había nevado sobre el jardín y el tejado de la casa, sobre el pozo y la valla, aligustres y rosales, parras, arizónicas, fresas y cebollas, ajos, patatas, sauces y álamos. Todo era una extraña luz blanca.
Y él estaba allí. Había nevado sobre su frente, con ganas, y su pecho estaba blanco y sus piernas eran blancas columnas que no sostenían nada. De repente había nevado sobre sus ilusiones y temores, sobre todo nuestro sustento. Bajo un manto blanco quedó arropado. DEP.

Más allá de donde vinimos,
más allá,
más allá…
Nunca me he sentido así, tan ensimismado en la vida… a pesar de la poca luz que penetra mis retinas, el mundo iluminado, con todos sus colores, abotarga mi mente cansina. Reconozco los verdes de los campos en mayo y de los pinares todo el año; el gris de mis montañas, fronteras excitantes que siempre han terminado a mis espaldas; el azul del mar lejano, ese azul que solo veo ahora cuando con Él me lleva… y el del cielo inmenso que está en todas partes y al que no quiero ir de ninguna manera; marrones y rojos tierra; las luces sin colores… de la ciudad que me alberga…
Sonidos apenas me llegan, pero suenan… rebotando en las paredes de la habitación blanca… rastros de antiguas canciones, de miles de pájaros, de las hojas frescas, buyendo, en los árboles que aquí se quedan… las risas de mis hijos y sus quejas; voces apagadas de las palabras vividas, sentidas y negadas… todas las palabras amadas me consuelan…
Lo último que he comido, no me ha sabido a nada, pero que me importa si todos los sabores he catado: el sabor salado de las lágrimas ajenas, el amargo líquido que desprende la pérdida, el sabroso gustillo de las naranjas, ácido y dulce, como el de la vida que se me escapa; el acre sabor del vómito en la garganta… y sobre todos, el sabor amable que tiene la gente sana.
Olores, los de la mañana, el de la hierba segada; los que dejaron los que se fueron y el que dejo yo, a los que siguen aumentando la lista humana; olores de mierda y olores que inflaman; tus olores, los míos que ya no son nada…
Queridos todos ya no veo las paredes de la habitación blanca, ni os oigo preguntarme nada y mi gusto es estar todavía aquí un minuto oliendo vuestra presencia cercana… que ya apenas noto, dadme la mano, lo último que ya siento. El tacto… Adiós.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Personal

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s